Perennidad caduca

 Un breve estremecimiento le recorrió al recostarse contra el árbol, como cada vez que acudía a aquel lugar. La vida de James cambiaba constantemente; amistades que se alejaban física o emocionalmente, padres que abandonaban por temporadas el hogar debido al trabajo, niñeras que se hartaban del escaso sueldo por el que cuidar a tan esquivo niño, colegios que renunciaban a tener que volverlo a expulsar y sugerían a sus distantes padres un cambio de aires educativo.

Pero aquella encina, plantado en la juventud de su padre como una metáfora transformada en literalidad de echar raíces, mostraba el mismo aspecto siempre. Y eso reconfortaba a James, quien a su sombra y junto a su tronco, unía las dos constantes a las que se aferraba cuando se sentía perdido.

Ese día se había excedido el volumen de los sonidos que podía soportar James; riñas, chillidos, pitidos, gruas dando marcha atras..., asi que, una vez se encontró en posición, sacó su cuaderno dispuesto a compensarlo a través de palabras mudas, que jamás se pronunciarían, por mucho que valiesen más para él que todo lo que el mundo había querido que escuchase en ese día.

Y en un tiempo que solo avanzaba por la sombra reperfilándose poco a poco, James rellenaba hojas con sus divagaciones. A veces muy rápido, sin pararse a meditar si tenía sentido. Otras ocasiones, reflexionaba minutos en silencio buscando la palabra adecuada. De vez en cuando, arrancaba una página, la arrugaba en una bola y trataba de encestarla en la papelera del sendero que conducía a su casa. No por frustración, ya que al menos era una decisión suya, a diferencia de la mayoría que experimentaba a lo largo del día.

Después de su cuarta canasta de la tarde, se volvió a centrar en el cuaderno y su lápiz. De pronto, notó un contacto en su cabello y alzó la mano para averigüar que era. Una hoja de encina. Antes de darse cuenta que no soplaba el viento y lo extraño que era aquello, otra hoja aterrizó en su tobillo. Una tercera en su mano. Y la cuarta en mitad de la página.

Cuando las reunió, observó que cada hoja venía de una parte diferente del árbol, por su diferente color y niveles de humedad, asi que no podía tratarse de alguna ardilla jugetona revolviendo el árbol. 

Como bien sabía James, las encinas son de hoja perenne. Un sombrío pensamiento recorrió su mente. Intentó apartarlo, pero durante los siguientes minutos, su lápiz no rozó el cuaderno.

Apesumbrado, dió la actividad por finalizada y regresó a su casa, echándo un último vistazo por encima del hombro a su encina, que le pareció más amarillenta de lo que le correspondía al mes de octubre.

Un tono de llamada personalizado y diferente del habitual cortó su estupor. Sin muchas ganas de recibir aun peores noticias pero con la necesidad de escuchar una voz cada vez menos familiar, descolgó la llamada.

-Dime..., padre.

-Hijo mío..., verás..., estoy en el funeral del director ejecutivo de la rama finlandesa... y cuando he visto las imágenes recientes del director... me ha recordado al hombre que me mira desde el espejo antes de ponerse el traje cada mañana. En el funeral no había ningun familiar del hombre..., en fin, he llamado a tu madre, que está cerrando un negocio en Bogotá..., disculpa que me entrecorte, tengo los ojos llorosos.

-No pasa nada, padre.

-Mira, volvemos los dos a casa. Vamos a pedir una excedencia, hemos hablado y añoramos nuestra casa. ¿Cuánto llevamos sin pasar por ahí? ¿Desde Pascuas? En fin, siento que mis palabras son... raras...mañana te vemos.

Una lágrima recorría el rostro de James, que apreció en el tono de su padre una importancia mucho mayor que en cualquier abrazo con él en la última despedida.

-Por cierto, estoy viendo los cipreses del cementerio finlandés con multitud de agüjeros, como deshilachados. Muy extraño, ¿cómo anda nuestra encina...?



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