Ensayo de varias cosas y ninguna buena
La magia de la filosofía supera con creces a cualquier universo narrativo jamás construido por el hombre. Con ella, podemos hablar de nuestra realidad, pero envolviéndonos en misterios que no creeríamos en ninguna fantasía. ¿Acaso ocupa nuestras carteleras alguna obra mejor que la paradoja de Zenón, cuya simpleza hace pensar más que la treintena de obras juntas de alguna que otra saga? Hoy, he querido darle unas vueltas a un ejercicio teórico de hace más de un siglo, para extenderlo a través de una construcción basada en premisas, razonamientos lógicos y aventuras presuntuosas, que nos llevará a conclusiones inesperadas.
Desde la humildad de una pequeña habitación, demos una vuelta por la infinidad del cosmos, gracias a un billete gratuito de imaginación y soberbia. Sí, tan insignificantes somos comparados con el universo, que el hecho de pensar en él, debería recordarnos a una hormiga admirando el Himalaya. Pero puestos a pensar a lo grande, asumamos cosas del universo, cosas muy puestas en debate hoy en día, pero para este ejercicio teórico y blasfemo, es necesario. Desde nuestro punto de vista e intuición a priori, podríamos pensar en que el universo es eterno, al menos hacia delante en el tiempo, tampoco vamos a desmentir tan pronto una de las mejores conclusiones que hemos adivinado en cosmología como la teoría del Big Bang. Pero sí, la primera premisa es un universo que nunca acabará. Por ampliar esta premisa de un modo algo más brusco y controvertido, pensemos en un universo que nunca se vaciará, es decir, que la presencia de materia también será eterna, aunque sea finita. No contemplaremos finales como la aniquilación total de la materia con la antimateria, o la muerte térmica del universo a causa de una dominación absoluta de los agujeros negros.
Bajo estas condiciones, y omitiendo un concepto presuntamente clave como la entropía, dada su complejidad, podremos intentar establecer la primera conclusión severa de este ensayo, la muerte de la probabilidad. En un universo de tiempo infinito, todo lo que sea físicamente posible, sucederá, haya o no sucedido. Mientras la probabilidad de un suceso sea mayor que cero, necesariamente tiene que suceder. Esto lo aplicaremos mayormente a formación de estructuras físicas. Hay un ejercicio típico que habla de una manzana en una caja aislada. Al cabo de un siglo, la manzana será polvo y gases que bajarán por la caja, pero dado el suficiente tiempo, la física nos cuenta que la manzana volverá a su estado original. Esto nos servirá más adelante.
Cambio de rumbo por completo, volvamos a nuestra vida cotidiana, en la que quizá leer lo anterior provoca dolores de cabeza. Mejor ir a un hospital para tratarlos, aunque sea para ser recetado un par de aspirinas. Pero el dolor es demasiado fuerte, y por desgracia, caemos en un profundo coma. Alrededor de nuestra cama, decenas de familiares y conocidos se agolpan para llorar nuestro estado. Días y noches de angustia, que se suceden con lentitud y gradualmente debilitan la esperanza. Un día, nuestros ojos se abren poco a poco y un doctor contiene la alegría para hacernos una serie de pruebas. Por suerte, no perdimos la memoria y podemos confirmar que estamos bien y que nos dejen salir para ver la película en la sesión de cine que habíamos comprado esa noche. El doctor nos niega con la cabeza entre risas, ya que había pasado más de un mes desde nuestro ingreso.
El tiempo es una magnitud, o mejor dicho por alguien con un pelo blanco y alborotado, una dimensión. Pero nosotros no lo sentimos así, el paso del tiempo es algo natural ajeno a todo lo físico que nos rodea, un elemento invisible que percibimos integrado en todo lo que hacemos. Sin embargo, esto es una sensación subjetiva proveniente del cerebro, nuestros impulsos cerebrales son los que nos otorgan ese sentir de que los hechos se suceden uno detrás del siguiente. Sin un cerebro que traduce de manera muy específica todos estos estímulos, para nuestro cuerpo inerte no existe el tiempo. Por eso en un coma, en el que el cerebro está dañado o no operando con normalidad, o en un proceso quirúrgico con anestesia general involucrada, sentimos grandes teletransportes temporales. La dimensión temporal siempre recorre el eje positivo hacia adelante, sin esperar a que nosotros lo percibamos.
Como en una serie actual, volvamos a la otra trama, en la que dejamos a la manzana recompuesta. En esta serie sin embargo, tenemos un presupuesto como nuestro universo en la premisa, infinito. ¿Por qué deberíamos detenernos en la manzana? Apliquemos sin vergüenza alguna un número mucho mayor de partículas. De hecho, tantas como habría hoy en día en el sistema solar.
Además avancemos hacia un tiempo futuro en el que todos nosotros ya no estamos; hace tiempo que nuestro Sol agotó su energía y colapsó en una supernova que redujo a asteroides todos los planetas que nos rodean, incluido el nuestro. Pensemos en una ubicación cualquiera de todo el universo, en el que una agrupación enorme de partículas pulula desordenada en un momento determinado.
De repente, una de ellas, un electrón solitario, sufre un efecto túnel y aparece en un lugar que no debería ser posible según los cálculos de la física clásica. Su naturaleza ondular obra el milagro cuántico de aparecer donde no debería. Lo mismo hace otro protón que vagaba por la zona, y en una unión del amor más improbable, capta al electrón que nunca debió amarrar.
Por una envidia, o casualidad, pero recordemos que las casualidades se deben a la probabilidad, y esta no tiene cabida en este ejercicio tan macabro, todas las partículas de ese montón que se suspendía a la deriva en el vacío, proceden a obrar milagros sin parangón. Una detrás de otra van recomponiendo aquel sistema solar que un día fue esplendoroso. En cuestión de segundos, situamos nuestra cámara imaginativa en un atardecer del planeta tierra, en la que el sol se oculta tras una montaña dejando un atardecer precioso sobre un valle. Con incredulidad, os aseguro que vemos seres humanos, entre ellos yo mismo, por ejemplo, que disfrutan sobre un mantel de picnic de las vistas.
Y qué casualidad, os aseguro que esa figura mía, que antes era un amasijo de partículas ajenas, goza de un cerebro en el que las neuronas se agrupan en estructuras sinápticas que contienen una historia causalmente coherente. Ese ser humano recuerda toda una vida que le ha llevado a donde está ese día, sin un ápice de sospecha de su naturaleza de segundos atrás.
Hasta aquí la parte sin aventuras del ejercicio. ¿Irónico, verdad? Pero puestos a postular, osaré a ir aun más lejos, reconociendo las trampas por el camino. Pero para ello necesito hablar de otro gran misterio, la conciencia.
Una formación abultada en la conciencia del ser humano quizá me haría evitar especulaciones, o incluso relacionarla con todos los conceptos anteriores, sin embargo, me veo amparado por la escasa profundidad sólida de la ciencia en la materia. Partiré inicialmente del concepto más intuitivo al que se llega si uno piensa en solitario acerca del tema, la visión materialista de la conciencia. Esta sostiene que la materia no es más que un producto emergente de procesos físicos originados en el cerebro. Por lo tanto, el ser humano en el que me reconocí en el valle, ante una igualdad calcada, célula a célula, debería contener la misma conciencia. Dos seres humanos iguales, aunque sea en momentos temporales diferentes, deberían tener la misma conciencia, siendo este un fenómeno subjetivo y difícil de definir. Aquí podría entrar el debate del determinismo, si tuviéramos en cuenta estos dos sujetos y un entorno también igual, pero es rizar mucho el asunto.
De estos pensamientos surgen preguntas de muy difícil respuesta. ¿Es la conciencia un ente único pese a poder ser duplicado el ente que la produce? La respuesta más obvia desde la experiencia es sí; si nos cruzásemos con un clon, lo veríamos como algo ajeno a nosotros, salvo que sea un espejo. ¿Es la conciencia un ente local? Esta es una pregunta muy de moda en ámbitos científicos y filosóficos y mi respuesta es un rotundo sí, pero existe un diablillo que me plantea una situación que sirve de polémica conclusión a tan disparatado ensayo, una situación en la que por primera vez usaré la magia del cine y de los libros, aquella que es mentira, pero que hace que todo adolescente, y adulto en ocasiones, intente alzar la mano para que vuele hacia ella el mando de la televisión. De hecho, como es costumbre en algún autor polémico, en vez de magia, puedo llamarlo "posible enlazamiento cuántico".
Nos situamos en nuestro lecho de muerte, en el que la conciencia se nos apaga por completo y no experimentamos más la realidad. Una cantidad obscena de años, milenios, ocurre hasta que unas partículas nos recomponen y experimentamos de nuevo, sin percatarnos del proceso, que nos encontramos de nuevo vivos caminando por la calle. ¿Qué impide exactamente esto? No hay nada que lo impida. ¿Es la misma consciencia? Y para acabar, ¿acaso cuando nos despertamos de un coma es la misma consciencia que se durmió, no pudo haberse quedado atrás nuestra anterior consciencia como si de la muerte se tratase? Se aceptan sugerencias.
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