Afuera no hay nada

 Una respiración entrecortada, un corte que se puede respirar. Se miran, sin decir nada. Una sala que parece estrecharse, pero que ninguno de los dos desearía que fuese grande.

No se terminan de aguantar la mirada, asi que uno elige el suelo como objetivo y el otro la desvía hacia el techo. Alguno de los dos volverá a mirar en breve, o igual ambos al unísono.

El silencio manda, pero porque no escuchan. Los latidos se acompasan, amenazando con sincronizarse. Una zapatilla repiquetea, pero ninguno sabría decir de quien.

Huele a una mezcla de barniz y madera antigua, sin que a ninguno de los dos les importe en exceso los muebles de la estancia, con excepción del sofá en el que se encuentran.  

El fragor de la batalla es sólo mental, neuronas deslizándose con breves fogonazos para averigüar que traman las otras neuronas. Ambos comandos fracasan.

La luz del atardecer atraviesa las cortinas de seda y les hace brillar el pelo y los ojos, como si un pintor quisiera hacer su cuadro más bello, logrando por fin el equilibrio de colores en un castaño anaranjado perfecto.

El tiempo juega con ellos, parece no avanzar. Pero de alguna manera, les avisa que aquella pareja de seres humanos le acabarán ganando en un desenlace inevitable, impidiéndo que esos labios rosados sigan resecándose.


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