La hora
Me toca. Es la hora. Estos meses caóticos de sufrimiento convergen en este momento. El telón, oscuro ante mí, reluce por el otro lado. Puedo escuchar al público expectante al otro lado. Cuchichean impacientes, sabiendo que llevamos unos minutos de retrasos. Una última mirada por encima del hombro a mi mánager, mi amigo de toda la vida, que tanto ha sacrificado por darme todo lo que necesitaba estos meses.
Un técnico me da la señal de ‘adelante’ con un ademán de cabeza. Mi cuerpo comienza a moverse, como un autómata, haciendo lo que tantas veces había visionado.
Cruzo el telón y ahí está, un oscuro anfiteatro, que me recibe con un breve aplauso, todavía no me conocen, pero pronto lo harán. Como tampoco me conocen los jueces, a quienes sí puedo ver, iluminados por unos focos casi tan potentes como los míos. El juez Cerón, con su mirada desafiante, aquella con la que me he despertado tantas noches entre sudores fríos. No me asusta ahora, tanto solo somos yo y el micrófono, que parece saludarme con un tenue brillo.
Me acerco a él, mi amigo. Mi plan es lanzarme a cantar. Dominar desde el inicio, dejar que me lleve mi talento y mi práctica, en volandas hacia el éxito. Me lo merezco más que nadie.
De repente, suena la melodía, sin llegar acorde al plan establecido, una señal que debía lanzarme uno de los operadores de sonido que se encontraban a la derecha del escenario.
Intento alcanzarla, pero lo peor posible sucede. Desafino la primera nota. El mundo se me cae encima. Fue el segundo más largo del mundo. Noto como se me deshincha todo el cuerpo y me fallan las fuerzas. Mi voz se detiene.
Mis ojos recorren el panorama alocados. Los jueces muestran desaprobación, el público muecas de burla. Hasta que detengo la mirada en una niña. La niña no se burla, su rostro refleja ilusión y sobre todo, ánimo, un ánimo que me enciende de nuevo. ¿Cómo voy a dejar que todo el mundo crea que no valgo? El enfado se apodera de mí, los sentimientos sustituyen toda la rigidez que tenía acumulada.
El silencio se corta cuando me reengancho en el segundo verso con seguridad. Ya no estoy en el escenario, vuelvo a estar en mi cuarto, frente al espejo, delante de mi único obstáculo. Y ahora estoy ganándole.
El público cambia su expresión a admiración, boquiabiertos, empiezan los primeros gritos de asombro según acabo las estrofas, lo que me da confianza para seguir retándoles con mi talento. Me he apoderado de la escena, y lo estoy disfrutando. Pronuncio las últimas palabras de la canción, todavía con la mejor mirada de rabia que me había salido nunca, hasta que una ovación generalizada me hace salir del trance.
Lo he conseguido, nunca hubiese imaginado que aquel día sucedería de esta manera, que el verdadero arte saldría a la luz cuando las cosas no van acorde con el plan. Observo como el juez Cicerón asiente con la cabeza, un gesto no habitual en él, siempre impasible frente a las mejores actuaciones que se habían dado en este concurso.
Pero esto no había hecho más que empezar, que el mundo se preparase porque aquí venía yo. Ya nada ni nadie me podría parar jamás.
Comentarios
Publicar un comentario