Parcialmente hueca
Un vacío le ocupaba el alma desde hace una década. No excesivamente grande, pero lo suficiente como para sentirse sola de vez en cuando.
Lo había hecho todo bien. Bueno, todo lo humanamente posible. Desde pequeña se había esforzado, y la vida se lo había recompensado siempre. Todo lo que te puedas imaginar, ella lo había peleado, sufrido, y superado, venciendo a la vida en cada ocasión, sin importarle los rasguños.
Un círculo de amigos magnífico, una carrera envidiable, generaba respeto y buen ambiente allá por donde sus pies pisaban. Finalmente, logró formar una familia perfecta. Conoció a su marido a través de unos amigos, y se enamoraron como por un flechazo del mismísimo Cupido, un cuento de hadas, de los que sólo los más ingenuos creen posible.
Tras unos años involvidables, tuvieron su primer hijo, después otro y alguno más. Su profundo lazo les permitía sobreponerse a cada traba.
Un día, su marido dejó de acercarse a ella, los contactos físicos se redujeron hasta parar por completo. Creía que le comprendía muy bien; siempre había conocido su condición médica, dado que su comunicación era fluida y sincera. Pero un día, el marido simplemente no pudo más, juntos buscaron el motivo pero no encontraron solución. Algo se había roto del todo en él, sin ella tener la culpa. Ella comprendía las explicaciones que diversos médicos trataban de enseñarle. Miró a los ojos de su marido, vió dolor, angustia, remordimiento, lágrimas, pero ni rastro de mentiras.
La vida fluía sin detenerse, los acontecimientos se sucedían, los problemas seguían siendo solucionados por la pareja, juntos, como habían hecho siempre, pero de una manera distinta a antaño.
Con el tiempo, ambos, especialmente ella, aprendieron a convivir, queriéndose, de hecho ambos sentían todavía el lazo que les unía, un lazo que iba más allá de sus hijos. Una promesa inquebrantable, un pacto que firmaron por cncima de todo lo material y que ninguno estaba dispuesto a romper. Una década había pasado desde tan sombrío momento.
Una sombra, que pese a quedar deslumbrada por el profundo amor que se profesaban, consiguió dejar un gran vestigio. La añoranza por el contacto físico de su hombre, por el calor que emanaba su cuerpo, por aquellos recuerdos que quedaron enterrados bajo su piel, por esas conexiones con otros mundos que ella sentía únicamente al acariciarlo, acabaron dejando un vacío, un vacío entendedor, empático, que la acompañaría por siempre.
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