Una visión.

 Tras una larga ausencia por aquí, me he visto impulsado por razones que no comprendo del todo, o que no quiero identificar prematura o directamente, a realizar una serie de aproximaciones lejanas sobre Valencia.

Amparado por la absoluta falta de repercusión de este medio, un insulto llamarlo medio, pero bueno, me veo con el derecho de poder realizar observaciones de un carácter que intencionalmente rozan el nihilismo, y sin tener ninguna intención de realizar cualquier acercamiento a establecer una referencia moral que parta de mi persona. Dejando de lado esta verborrea más propia de la abogacía y del laberíntico lenguaje de leyes y decretos: todo lo que salga de mis palabras no vale para mucho, me equivocaré en casi todo y no tiene apenas carácter cómico ni pedagógico. Solo es filosofeo barato y rápido.

Considero que hablo desde una frialdad que se distancia mucho de la multitud de opiniones, textos, entrevistas y videos que he observado. No es justo que critique esa falta de frialdad. De hecho no lo hago, solo lo menciono para que se tenga en cuenta, aunque sea porque exista un enfoque diferente, que no comparta el denominador común de exaltación que es normal que se respire esta semana.

Empiezo. Basta de pretexto excusador, aburrido y pedante. Aunque viene texto pedante, aviso.

Responsabilidad. Es uno de los aspectos más comentados. Todo el espectro político es responsable según miremos al emisor de la acusación. Por supuesto que sí. Toda acusación de falta de responsabilidad es cierta. Ha habido una gran culpabilidad. No vengo a restarla, al menos de momento, vengo a ampliarla. Es palmario que los responsables autonómicos son culpables. Es clarísimo que el gobierno central es absurdamente culpable. No hay lugar a debate. 

Pero mis acusadores ojos neutros van más allá. Cada ciudadano que les ha elegido es culpable, obviamente en menor grado, pero han depositado su confianza en personas que les han traicionado. También son culpables aquellos que han votado al bando contrario, ya que se produce una simetría al ser ambos bandos políticos opuestos. Las personas que no hemos optado por ninguno de los bandos también somos culpables, no hemos sabido decidirnos por una bando en el que confiar, ni movemos un dedo para que nada cambie. No profundizaré en mi animadversión política más.

Es culpable la monarquía, por haber jugado el habitual rol obsoleto, solemne eso sí. Creo que al menos no les hemos votado y podemos deducirnos esa parte de responsabilidad. Es culpable toda el engranaje mediático, por desinformar como profesión, por buscar notoriedad por encima de la verdad, por establecer una brújula de moralidad que oscila como estando en un campo magnético. Insisto en estos últimos, es absolutamente repugnante la avalancha de porquería que han desfilado ante mis ojos, aquí pierdo un poco la frialdad.

Es culpable Dios. El religioso, que vuelve a permitir una infinidad de dolor que vuelve a dejarnos la bendición del libre albedrío como excusa, además de una referencia nada desdeñable para poder medir "el mal" y apreciar "el bien". El ateo, que llamaré "azar universal", que causa sin piedad destrozos imparables para el ser humano, y que por algún motivo, quizá por no ser un ente consciente, no podemos acusar. ¿La falta de piedad de la naturaleza hace recaer toda la responsabilidad en el ser humano? ¿Quién fue responsable en Pompeya?

Mi girito de guion se resume en que si todo, o todos, somos culpables, la consecuencia es que nadie es culpable. A veces las cosas pasan, y no se pueden impedir. La realidad me da la razón, por mucho que se pueda debatir. Una catástrofe de este calibre pasa y ya está, pero bueno, habrá que buscar culpables...


La otra parte que quiero comentar, es que quieres hacer como observador, lejano o no lejano de todo esto. Hay muchos puntos de vista, muchas acciones. Que pueden ir rotando o no.

Si se quiere ayudar, se manda ayuda. Se puede ir al sitio a ayudar. Es lícito ir a ayudar y grabarte ayudando para que la gente vea lo bueno que eres. También es lícito ayudar y grabarte para compartir el orgullo propio que te causa buena acción. 

Es igualmente válido ayudar desinteresadamente desde el anonimato. O por motivos personales. Por mera supervivencia.

Extrañamente veo también lícito no ayudar. Cada persona es un mundo y tiene sus problemas. ¿Establecemos una balanza entre problemas personales y problemas ajenos?

Por supuesto, esta la gente que busca identificar todo tipo de sentimientos en esta catástrofe. Hay personas que buscan odio para lanzar como arma política. Odio contra un sistema que ya previamente les había traicionado.

Otras personas se enorgullecen viendo la humanidad trabajando por el bien común. Les causa alegría que combata la tristeza.

Gente que inconscientemente busca tristeza para que su propia tristeza no este sola, el dolor puede unir.


Observo todo ello y me parece correcto. Debe existir todo ese espectro, es natural. Animo a hacer un ejercicio mental para no depender de los medios y encontrar aquello que buscas en todo esto.

Cierra los ojos e imagínate con todas tus fuerzas la situación que deseas encontrar. Hay de todo en este supermercado de sentimientos que es nuestra mente. 

Puedo imaginar y sentir el orgullo de un rescate de una persona en apuros por parte de una persona en buen estado físico. No debe haber reemplazo en este mundo para la satisfacción que debe sentir alguien que salva una vida ajena.

Puedo imaginar el odio que debe sentir una persona que lo ha perdido todo y busca desesperadamente culpables en los políticos.

Si por alguna macabra situación quiero vivir el miedo, por pura empatía quizás, puedo imaginarme el agonizante final de una persona ahogada.

Quiero imaginar la unidad de gente trabajando sin descanso junto a personas que no conoce, para arreglar vidas ajenas a ambos.

Me apetece compartir el dolor de la pérdida. Sentir la desesperación de ver tu casa arrasada por el barro. Veo en mi mente a personas que no ven futuro a corto plazo.


O también puedo no hacer nada de esto. Ser egoísta simplemente. O digamos apartado.  Solo quería dar una visión alejada de todo lo que estamos viendo. No hay mensaje. Solo comentarios sin estructura ni razón, que ni valen, ni importan. Una visión fría. Una visión mía.   





  





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