Sueño escrito #1 (Work in progress)
La noche le brindaba frescor a sus pulmones. Y la compañía le hacía olvidar la sensación de soledad que había descubierto tras descubrir el mundo exterior, únicamente a través de historias a las que les había cogido el gusto de devorar por las mañanas en la pequeña biblioteca, en la que mataba las horas para no morirse él.
Hoy se les había descontrolado ligeramente la hora a los cuatro chavales del centro de huérfanos. Luis, el mayor, cada vez más resignado a seguir con su aburrida y presidiaria vida, apuraba los últimos momentos de mirar las estrellas, antes de conceder a los más jóvenes sus deseos de llegar al recuento previo a dormir.
-Chicos, ahora vamos, ya sabeis que siempre volvemos a tiempo, el viejo Satur cada vez llega más tarde a las habitaciones. Además, nunca se chivaría de nosotros. Bueno, quizá de mí sí, pero en el fondo le caigo bien-intentó apaciguar Luis a los cada vez más asustados jovenes.
-Dadme dos minutos y nos volvemos- comentó Pedro mientras apuraba el piti que tanto le había costado conseguir. Era el más mayor del grupo después de Luis, lo más parecido a familia que este tenía. Llevaban toda una corta vida juntos, y pese a su carácter tan diferente, Luis quería a Pedro como a un hermano pequeño, como a su mejor aprendiz quiere un maestro. De todas maneras, no le convencía el tinte rebelde y maléfico otorgado por la preadolescencia.
-Pero… ya sabeis que a veces viene al recuento Doña Dolores… y ya me riñó ayer- protestó Ramón, el pequeño del grupo, con ojos llorosos, sabiendo que con la bruja de Doña Dolores mejor no se juega. Cuántas comidas se perdió Luis por tantos “deslices” descubiertos por semejante espantapájaros.
-Mira las estrellas Ramón, en ellas no está esa maldita bruja, te lo aseguro- intentó distraer al pequeño Luis.
- ¿Cómo va a estar, si el grano de su nariz no cabe en ninguna de ellas? - apresuró a comentar Juan, el cuarto del grupo, que aprovechaba cualquier momento para intentar hacer reir al grupo.
Los cuatro sonrieron cómplices en silencio, observando la silueta que dibujaba el centro a lo lejos contra el firmamento. Luis no entendía del todo como apenas les dejaban libertad los domingos para desperdigarse por la pequeña finca que rodeaba el centro, siempre rodeada por la imponente valla de hormigón, la cual apenas había aprendido a saltar Luis, pero que mantenía en secreto, sabiendo que Pedro no estaba todavía preparado.
Luis sabía que los directores del centro temían que dejar a los chavales intentar adivinar lo que había a través de los muros, solo fomentaba más intentos de escapismo. Y no querían más broncas de la policía, que finalmente se traducirían en multas.Nadie quiere ver chavales huérfanos y vagabundos deambular por los límites de la ciudad.
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