El odio que hay en mí

 Pues me suelen decir que parezco pacífico, y lo soy, pero es hora de ir liberando un poco del poco odio que hay en mí. Poco. Sí. Bueno. Poco a poco.

La mejor manera es lanzar todo contra un personaje público. Una marioneta que ha engañado a millones de personas. Yo incluido. Pero con el tiempo y echándole mi lupa, logré tirar de la manta y descubrir al adefesio que movía los hilos.

Así que te declaro la guerra pública, Elon Musk, el genio de la tecnología, el Tony Stark real, el hombre más rico del mundo dependiendo de las acciones de Tesla, el referente de lo moderno. El mayor estafador que he visto nunca.

Nunca sabré si es consciente de lo que es. Espero que no. Porque entonces rebautizarían el término “maquiavélico”. Paquita la del Barrio cambiaría el remitente de su canción “Rata de dos patas”. Así que confío en que viva feliz en la ignorancia de su engaño. Me reconforta pensar que se cree su propio cuento chino.

¿Envidia? No lo negaré. Me da igual. Quiero pensar que no podría yo ser como él. Es imposible. Llega un punto en el que no querría intercambiar dinero y fama por ridiculo. Por no hablar de una falta tremenda de valores para apenas acercarme a lo que es una figura como la suya.

Bueno empiezo a razonar, ¿no? Pues quizá no me apetece, porque me daría para un libro entero, y no lo acabaría. Tanto por falta de ganas, como, y es increible que esta razón tenga tanto peso viniendo de mí, por tener demasiados argumentos. 

Con cada cosa que haces se me ocurren un sinfín de críticas razonables posible. No sé que es lo que más me molesta de ti. Quizá eso es lo que más odie de ti, que cuando quiero erigir un Everest que simbolice la cumbre de la repulsión que me ejerces, provocas un terremoto con el que se amplía la cordillera.

Podría organizar una rueda de prensa para responder a tus abogados, inconscientes, que te puedan defender. Y acabaría hablando sólo en una sala vacía. Bien porque se aburrirían de mis incesantes argumentos, o porque nadie querría acudir a semejante esperpento escénico de un loco acusandote.

Lo único que te puedo agradecer, es ese magnetismo de mi odio público, que concentra en tu figura gran parte de la atención negativa a la que presto energía. Así que gracias por ser tan sumamente *introducir improperio*…

Espero que nunca te llegue un centavo directo de mi parte, maldigo el día que eso pase, ya que transformarás el orgullo que siento al repudiarte, en otra razón por la que sufrir ante el espejo.

Además, que supongo que tendría que agradecerte el ser mi saco de boxeo de hoy al menos, mi diana a la que apuntar. Pero tu imagen es simplemente desagradable. No quería acabar la entrada sin bajarme a tu barro moral y atacar desde el flanco físico. Me haces querer ser Zuckerberg para terminar de inflarte ese cuerpo globo prostético que me llevas.

Además, me has hecho sonar como un barra brava argentino, peazo de cementerio de hamburguesas caras. Me despido como despediste a gente honrada, pensando que alejarme de ti, al menos por un rato, solo puede traerme bien. Aunque haberte puesto a una altura menor que el betún me ha sentado bien en sí. 

A dormir.

 

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