Alegoría sin alegría
Sin querer menospreciar a Lorca, ya que estoy escribiendo en el metro, “el poeta de la línea 6”, me quiero dedicar a mi mismo la siguiente breve alegoría, úsala.
El dique de lágrimas
Érase una vez un castorcillo que vivía en un páramo. No había nacido allí, pero le gustaba estar cerca del río principal del páramo. Cuando llegó a la zona, no había apenas castores, pero sí que había un dique bastante elaborado, que casi no dejaba pasar el agua.
Por consecuencia, el páramo estaba bastante desolado, sí que crecían árboles en su cercanía, que se abastecían de la poca agua que pasaba.
El castor, que no había pasado tampoco la mejor vida, intentaba disfrutar del entorno y actuaba como actúan los castores, de vez en cuando colocaba algún tronco en el dique, otras veces cazaba en el río los peces atrapados, comía bayas por la zona, o se echaba siestas en rocas al sol cerca del río.
Sin embargo, un día, mientras construía el dique, se equivocó colocando un tronco. Al instante, empezó a producirse un efecto mariposa: el tronco movió otro tronco más grande, que cayó con estrépito en el cauce del río. Empezó a temblar todo el puente, varios troncos y ramas salieron disparados. Se podían ver pequeños chorros de agua bramando por libertad hacia donde siempre deberían haber ido. Finalmente, tras un estruendo, el tronco maestro cedió abrumado y el dique colapsó.
El agua , acumulada durante años, avanzó con violencia, como reclamando el territorio que le era legítimo. Arrancó los arbustos que crecían en la orilla y fue ocupando la longitud del páramo y su río. Todo quedó encharcado y con un aspecto desolador.
El castor perdió para siempre su hogar. Abrumado, buscó otras tierras, dejando la posibilidad de visitar el páramo algun día.
Con el paso del tiempo, el páramo se repuso. Empezó a brotar con fuerza todo tipo de flora y la fauna volvió a aventurarse en él. El error inocente del castor trajo mejores tiempos al páramo, que ahora yacía rebosante de vida.
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